Preguntan si tenemos linterna. No, no tenemos linterna. Sólo dos tienen una de esas lucecitas que se llevan en la frente. No se ve nada de nada. Dicen que empezamos a escalar. Dan un grito de guerra, pa animarse, pienso yo.
Y empezamos a trepar por una ladera de grava y piedras que se deslizan. Hay un riachuelo que no veo -pero que oigo y siento en los pies- y hielo. Un completo patinete. No veo nada. Nada, de nada, de nada. No sé dónde pongo el pie. Y empiezan a subir, y a subir, y a subir. Y gritan: “¡Venga! ¡No hay tiempo que perder que se va a echar el día encima!”. Pero, ¿qué día se va a echar encima si faltan dos horas para que amanezca? A los diez minutos, la malaya y yo nos estamos ahogando. Estamos a unos 3700 metros, y en las alturas no cazo el oxígeno. Pero, ahogando en serio. No puedo respirar. Me quito la mochila, la bufanda, abro el anorak. No hay aire. No hay luz.
Si hubiera podido desapuntarme de la excursión en ese
momento, lo hubiera hecho ipso facto. Pero no había vuelta atrás. El guía, que
era tibetano, fue ver qué dos sacos de patatas llevaba y empezar a rezar sin
parar todo el camino. Fue majísimo con nosotras, y nos ayudó tanto todo el rato.
Al cabo de una hora, llegamos a terreno plano, ¡menos mal! Creía que iba a echar el higadillo por el camino, y ni siquiera lo iba a ver y lo iba a pisar. Caminábamos por un sendero estrecho, y si dabas un paso en falso, estaba el barranco. Seguía siendo completamente de noche, y con la linterna que tenía uno que iba 5 metros por delante, no se veía nada. Me pareció temerario y todo.
El camino a Yubeng, fueron 18 km, 7 horas sin parar, y
prácticamente, todo el trayecto fue cuesta arriba. Ya sabía que esta excursión
estaba fuera de mis posibilidades. Este
fue uno de los peores días de mi vida. Sufrí miserablemente. No es que
me cansara mucho (que sí), es que, no podía respirar. Y sin oxígeno, los
humanos no vamos ni a la vuelta de la esquina. No se acababa nunca. ¡Maldita
tortura de excursión! Y yo a los demás los veía tan pichis, y no entendía nada.
Vale, que eran jóvenes, pero ni aún así.
Horas después me enteré que íbamos de excursión con ¡el ejército chino! Ni
más ni menos… Casi todos eran soldados profesionales. Y yo soy una señora que
se pasa el día sentada delante del ordenador. ¿Ven la diferencia? Al cabo de una hora, llegamos a terreno plano, ¡menos mal! Creía que iba a echar el higadillo por el camino, y ni siquiera lo iba a ver y lo iba a pisar. Caminábamos por un sendero estrecho, y si dabas un paso en falso, estaba el barranco. Seguía siendo completamente de noche, y con la linterna que tenía uno que iba 5 metros por delante, no se veía nada. Me pareció temerario y todo.
Un río congelado.
¡Uaaaa, los cerdos! ¡Qué majos los cerdos!
No podía más. Les dije: “Podéis seguir sin mí. Yo me quedo
en esta piedrecita, y aquí me muero”. Pero no me dejaron quedarme en la
piedrecita. Qué paciencia tuvieron conmigo, y qué buenos fueron. Al final,
tiraban de mí con una cuerda. Los animales me hablaban alto y claro. Me decían: “Eres una pobre chavala”.
Entonces, entré en un valle muy bonito rodeado de montañas heladas. No estaba segura de si estaba viva o había entrado en el Reino de los Cielos. Alguien dijo que habíamos llegado a Yubeng.
Pobre chavalaaaa
ReplyDeletePara ir a este sitio hace falta prepararse más que para correr un maratón! y tú vas ahí a lo loco...
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